Gregorio Fernández, 1576-1636

Gregorio Fernández nació en Sarria (Lugo) en 1576. Se cree que su padre fue un entallador que estuvo empadronado en el pueblo por aquellos años. Poco se sabe de la formación escultórica de Fernández en Galicia. Se considera que aprendió el oficio en Ourense, uno de los dos focos escultóricos gallegos, junto a Santiago de Compostela. Entre 1600 y 1601, con unos veinticuatro años de edad, se trasladó a Valladolid, donde por entonces residía la corte de los reyes de España, circunstancia que estimulaba la producción artística en la ciudad, convirtiéndola en un influyente centro de creación de escultura religiosa.

Retrato de Gregorio Fernández por Diego Valentín Díaz. Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Gregorio Fernández por Diego Valentín Díaz. Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

La representación de la Pasión en pasos procesionales durante la Semana Santa en Valladolid empezó en el siglo XV y alcanzó el máximo esplendor durante el siglo XVII, época barroca con estética e ideas muy en consonancia con el espectáculo teatral de las procesiones. En un principio las figuras de los pasos eran de cartón piedra y se llamaban “papelones”, considerándose como un tipo de arte de segundo orden. Los papelones, al ser de poco peso, permitían sacar a la calle conjuntos de gran tamaño y formados por muchas figuras, pero por otro lado, no eran duraderos, debían estar constantemente reparándose y su calidad artística dejaba mucho que desear. En 1604 la Cofradía de Nuestra Señora de la Pasión le encargó al escultor Francisco del Rincón (1567-1608) el conjunto de la “Elevación de la Cruz”, actualmente en el Museo Nacional de Escultura, obra pionera al ser el primer paso procesional ejecutado en madera policromada. La obra tuvo tal éxito que, a partir de entonces, las cofradías comenzaron a abandonar los papelones y sustituirlos por esculturas de madera, pasando este tipo de arte a considerarse como de primera categoría y convirtiendo a Rincón en el escultor más prestigioso de la ciudad.

“Elevación de la Cruz”, Francisco del Rincón, 1604

A su llegada a Valladolid, Gregorio Fernández entró a trabajar en el taller de Rincón, estableciéndose entre los dos artistas una colaboración muy estrecha, hasta el punto que se cree que Rincón fue el que introdujo a Fernández en la Corte de Felipe III y el Duque de Lerma. En 1605 el escultor gallego abrió su propio taller en la ciudad, que acabó convirtiéndose en una verdadera factoría de imágenes, donde era el maestro de un ejercito de escultores, pintores, policromadores, doradores y ensambladores.

Siempre confesó su admiración e inspiración en la obra de Juan de Juni (1506-1577), artista de obras religiosas apasionadas y de gran intensidad y considerado como el padre de la escultura barroca española. Hasta el punto de que en 1615 compró la casa y el estudio donde había vivido el escultor y, junto con unas casas contiguas a los mismos, instaló allí su taller, que funcionaba como una empresa comercial: El escultor firmaba los contratos y diseñaba las esculturas que le habían encargado, ya sea con dibujos o con maquetas en cera o arcilla. De acuerdo con los diseños del maestro, los oficiales desbastaban y esculpían las figuras, dejando la ejecución de la cabeza y las manos de las esculturas al escultor titular, aunque en algunos casos los clientes exigían que la totalidad de la obra fuera realizada por el mismo

“San Pedro en Cátedra”, ca.1630

En el caso de los pasos procesionales todos se realizaban previo contrato escrito que especificaba con gran precisión la composición de la escena, el número de figuras y la historia narrada. Una vez el escultor acababa la obra, esta era revisada por peritos del arte que daban el visto bueno, o no, para que pudiera salir a la calle en procesión.

De su taller salieron muchos retablos, en los que trabajaban muchos artistas de diferentes disciplinas. Normalmente Fernández solo ejecutaba la parte escultórica del retablo, con un estilo realista y una gran carga emocional y mística, como es habitual en su obra. En algunas ocasiones se le contrataba para que tallara las figuras que iban a colocarse en retablos diseñados por otros artistas.

Los retablos de la época de Gregorio Fernández solían tener una estructura bastante sobria y estaban llenos de figuras, pero el escultor prefirió trabajar sin composiciones arquitectónicas novedosas, con escenas sencillas, y pocas figuras de gran tamaño, que destacaban con gestos ampulosos y teatrales sobre la estructura arquitectónica del conjunto.

San Miguel de Valladolid

San Miguel de Valladolid

Para la policromía de las obras colaboraban con Fernández varios pintores profesionales e independientes. Una vez pintadas, los trabajadores del taller añadían postizos a las esculturas como dientes de marfil, pelo humano, ojos de vidrio y uñas de cuerno de toro. Las heridas adquirían mayor realismo pegando trozos de corcho que luego se pintaban dando la sensación de costras y cicatrices. Respecto a las prendas de tela que vestían algunas figuras, se eliminaron elementos que aparentaran lujo y riqueza, como brocados y puntillas e intentaron imitar una tela de paño de color plano y uniformes, que a veces se decoraba pintando encima de ella cenefas, muestras o imitaciones de joyas y metales.

Gregorio Fernández fue una persona piadosa y profundamente religiosa. Pertenecía a varias cofradías religiosas y se basaba en textos de santos y de la misma Biblia para diseñar sus esculturas. Se sabe que antes de empezar una obra pasaba por un período de ayuno y reflexión, actitud acorde con las enseñanzas de Ignacio de Loyola. Su obra está impregnada del misticismo y del espíritu de la Contrarreforma, con escenas dramáticas y teatrales de gran carga emocional y figuras con posturas y gestos muy forzados, todo estudiado para que la gente pudiera interpretar sin problemas el significado de la obra que estaban viendo.

Inmaculada Concepción de La Redonda, Logroño.

Inmaculada Concepción de La Redonda, Logroño.

Tuvo una aportación decisiva y muy prolífica en el arte de la escultura. Construyó gran cantidad de retablos y ejecutó multitud de imágenes, también trabajó estrechamente con las cofradías vallisoletanas en la ejecución de pasos procesionales y creó modelos escultóricos paradigmáticos del arte barroco, que fueron copiados hasta la saciedad por el resto de escultores de la península, entre ellos los siguientes:

  • El Cristo con las manos atadas descansando sobre una columna baja, imitando la supuesta original conservada en Roma.
  • El Cristo yacente con la cabeza reposando en una almohada, esculpido en una misma pieza junto al lecho en el que descansa. Gregorio Fernández talló numerosas versiones del tema, representando al Cristo aislado, muerto y sin otros personajes que lo acompañen. El escultor recurrió a la máxima dramatización posible, intentando transmitir un gran sentimiento de dolor en sus obras. Para ello recurre a artificios como ojos de vidrio, uñas postizas y sangre excelentemente representada.
  • La Dolorosa y la Piedad, representadas al pie de la cruz, sentadas con los brazos abiertos o sujetando el cuerpo del Cristo, sin tocarlo directamente, con un paño entre de los dos.
  • La Inmaculada Concepción, es el tema mariano que más realiza. La representaba muy joven, como una quinceañera, con cabellos largos peinados con raya en medio y la melena cayendo sobre la espalda, cuerpo cilíndrico totalmente inmóvil y rígido, manto trapezoidal y simétrico, manos juntas delante del pecho en actitud de rezo, corona sobre su cabeza y aureola de rayos metálicos a su alrededor, normalmente con las esculturas a sus pies del demonio en forma de dragón, de la Luna y, en algunas ocasiones, de un grupo de ángeles. Crea un prototipo de Inmaculada de gran influencia que será muy imitado en tierras castellanas y que no varia sustancialmente en las muchas versiones que tallará a lo largo de su vida.
  • Santa Teresa representada como escritora, con pluma y libro recibiendo la inspiración divina.

 Su obra evolucionó desde un manierismo influenciado por los artistas italianos, sobre todo por Pompeio Leoni, hasta un estilo tremendamente personal de carácter radicalmente naturalista en las etapas finales de su vida.

Gozó de gran prestigio, recibiendo encargos de las personas e instituciones más importantes de la época y multitud de artistas de toda la península lo imitaban, porque su estilo era el que solicitaban todos los demandantes de obras escultóricas del momento.

En 1624 comenzó a sufrir recurrentes problemas de salud hasta su fallecimiento en Valladolid el 22 de enero de 1636. Su fama como artista era tal que por su muerte se oficiaron más de cien misas en la ciudad. Cuando aún estaba vivo, el rey Felipe IV dijo de él: “Muerto este hombre, no ha de haber en este mundo dinero con que pagar lo que dejare hecho”.

Grabado de Valladolid realizado en 1574 por Braun y Hogenberg, perteneciente a la obra Civitates orbis terrarum.

Grabado de Valladolid realizado en 1574 por Braun y Hogenberg, perteneciente a la obra Civitates orbis terrarum.

OBRA ARTÍSTICA:

Uno de los primeros trabajos conocidos de Gregorio Fernández fue su colaboración en la decoración del Salón de Saraos del Palacio Real de Valladolid en 1605, hoy desaparecido, donde, a las órdenes de Pompeio Leoni, participó en la ejecución de un templete erigido en el interior de la gran sala y dedicado a la Virtud.

San Miguel de Valladolid

San Miguel de Valladolid

Sus primeras obras documentadas fueron el paso procesional de “San Martín y el Pobre” y algunas esculturas del retablo de la Iglesia de San Miguel de Valladolid, ambas de 1606 y ejecutadas con líneas suaves y refinadas, de influencia manierista. En el mismo año ejecutó su primer Cristo yacente para el Convento de Santa Clara de Burgos.

“San martín y el pobre”

Cristo de las Clarisas de Burgos.

Cristo de las Clarisas de Burgos.

Poco a poco comenzaron a multiplicarse los encargos a Fernández para que esculpiera todo tipo de figuras religiosas, tanto de carácter independiente como parte de un retablo. Pasado el 1610 el volumen de trabajos es tal que no tiene más remedio que ampliar su taller, comprando una casa contigua y contratando más oficiales.

En las numerosas esculturas del Retablo Mayor de la Iglesia de los Santos Juanes de Nava del Rey (1611) comienza a notarse la evolución hacia el realismo barroco en el estilo de Fernández, cuyas figuras van ganando en dinamismo y movimiento, apareciendo por primera vez vestidas con ropajes angulosos y quebrados, diseñados para potenciar los efectos de la luz y las sombras sobre ellos.

Arcángel Gabriel

Arcángel Gabriel

El contacto de Gregorio Fernández tanto con artistas como con nobles le dio acceso a sus colecciones de libros y grabados a través de los cuales conoció las obras y tendencias de arte europeas del momento. Su Arcángel Gabriel (1611), conservado en el Museo Diocesano de Valladolid, es una delicada talla que se sostiene en la punta del pie en un equilibrio casi acrobático. Aunque siempre se ha relacionado esta obra con la figura del Mercurio Volador de Juan de Bolonia (1565), la hipótesis más creíble es que Fernández se inspiró directamente en algún grabado de una escultura del mismo dios ejecutada en 1571 por el artista flamenco Jacques Jonghelinck, actualmente colocada en el salón del Trono del Palacio Real de Madrid y con la que guarda muchas más semejanzas que con la de Juan de Bolonia. Fernández esculpió al Arcángel totalmente desnudo y con una anatomía sin desarrollo muscular propia de un adolescente. Su postura casi imposible es característica del último Manierismo, con una composición diagonal y movimientos danzarines. Así como los alargamientos antinaturales de su cuello y brazos y la expresión dulce de su cara.

Arcángel Gabriel

Arcángel Gabriel

Su primer paso procesional fue “Sed Tengo” (1612) y representa la escena de la Pasión en la que un soldado le da de beber a Jesús crucificado una esponja empapada con hiel y vinagre. La escena se compone de varias figuras esculpidas en un tamaño mayor al de las que creaba Rincón. La composición es piramidal y muy atrevida, ya que sitúa una figura encaramada arriba de la cruz, por encima del Cristo, y está ideada para que sea vista desde diferentes ángulos conforme iba avanzando por las calles, dando una gran sensación de movimiento. Todo el conjunto tiene un aire muy teatral con las imágenes burlescas de los “sayones”, que es el nombre con el que se conoce a todas aquellas figuras secundarias que ayudan a componer la narración de los pasos procesionales, y que solían ser soldadesca, verdugos o truhanes y que se representaban muy prototípicamente con gestos exagerados y rasgos grotescos.

Sed Tengo

Sed Tengo, vista lateral

Sed Tengo, vista central

Sed Tengo, vista central

Sed tengo

Sed tengo, detalle

En 1613 ejecuta las esculturas del Retablo Mayor del Monasterio de las Huelgas Reales de Valladolid, entre las que destaca el altorrelieve de Jesús desclavándose de la cruz para abrazar a San Bernardo, obra de gran intensidad emocional con un Jesús apoyándose con gran delicadeza en los hombros del Santo.

Jesús desclavándose de la cruz. Huelgas Reales

Jesús desclavándose de la cruz. Huelgas Reales

También en 1613 realiza el Ecce-Homo conservado en el Museo Diocesano de Valladolid, una talla de cuerpo entero, a tamaño natural y con una magnífica anatomía. Se trata de un “desnudo blando”, esbelto y manierista, con una fuerte inspiración clásica, en la que la pose relajada y suave del Cristo, con los brazos cruzados en el pecho y las piernas en contraposto recuerdan claramente a las esculturas antiguas de la diosa Venus.

Ecce Homo

Ecce Homo

Ecce Homo, espalda

Ecce Homo, espalda

Ecce Homo

Ecce Homo

En 1614 realiza el paso de “El Camino del Calvario”, que representa diversos momentos del Vía Crucis fusionados en un mismo conjunto, el Cireneo ayudando a llevar la cruz y la Verónica ofreciéndole el paño a Jesús. Está compuesto de cinco esculturas sin ninguna disposición geométrica, colocadas en función de las historias que se están narrando. En este paso ya se reconocen características propias de Fernández, como el diferente tratamiento entre las figuras que ayudan a Jesús, ejecutadas con gran delicadeza, y las figuras que están ofendiéndolo, los sayones de rasgos caricaturescos, y también el naturalismo en las anatomías y la sensación de movimiento y dinamismo de todo el conjunto.

Camino del Calvario

Camino del Calvario

Camino del Calvario, La Verónica

Camino del Calvario, La Verónica

Camino del Calvario, El Cireneo

Camino del Calvario, El Cireneo

Se cree que entre 1614 y 1615 el rey Felipe III le encarga el Cristo Yacente del Pardo, una figura concebida para ser contemplada solo lateralmente, por lo que está inclinada hacía la derecha, con el tronco y una pierna ligeramente levantados hacia ese lado. No hay rastro de rigidez en el cuerpo, su postura es más bien relajada y las heridas están muy bien representadas.

Cristo Yacente del Pardo

Cristo Yacente del Pardo

Cristo Yacente del Pardo

Cristo Yacente del Pardo

En 1615, debido a la gran admiración que sentía por su obra, compró las casas que habían pertenecido al escultor Juan de Juni y trasladó a ellas su taller.

El San Sebastián (1615) expuesto en el Museo Nacional de Escultura nos muestra al santo atado en un tronco en el momento de ser asaeteado hasta morir. La postura de la figura, a pesar del tormento que sufre, es reposada y suave, sin rastro de la teatralidad barroca. Solo la cara del santo expresa el dolor, su anatomía es bella y equilibrada y está poco muy poco manchada por la sangre de las flechas. El árbol en el que se apoya está tallado de una forma muy naturalista y se bifurca en varias ramas dando un toque paisajístico a la obra.

San Sebastián

San Sebastián

En 1616 ejecuta el paso de “La Sexta Angustia”, introduciendo el prototipo de representación de la Piedad, una imagen de María sujetando el cuerpo muerto de Cristo en su regazo, pero sin tocarlo directamente. La virgen eleva el brazo y la cabeza hacia el cielo, un gesto muy teatral que se convertirá en arquetípico de la imaginería barroca y el Cristo está esculpido con una magnífica anatomía y un color cerúleo propio de un cadáver con rigor mortis. El conjunto es asimétrico, la virgen está en un lado y el cuerpo de Jesús reposa sobre una base rocosa, rompiendo con la concepción renacentista triangular de las Pietà italianas, como la de Miguel Ángel. A partir de esta obra, el naturalismo exacerbado comienza a ser una constante en el estilo del autor.

La Sexta Angustia

La Sexta Angustia

La Sexta Angustia, Piedad

La Sexta Angustia, Piedad

La Sexta Angustia, Piedad

La Sexta Angustia, Piedad

En 1619 talla “El Señor Atado a la Columna”, una de sus grandes obras maestras en la que crea otro modelo a seguir durante el período barroco, imitado hasta la saciedad. Es una imagen a tamaño natural con una anatomía perfecta y un gran realismo en la representación de las heridas y llagas de la espalda. La pose de Jesús es serena, y sus gestos suaves a pesar de la crudeza del momento. Se cree que formaba parte de un paso procesional compuesto por unas siete figuras, aunque acabó desfilando en solitario, seguramente por su excelencia y prestigio artístico.

El Señor atado a la Columna

El Señor atado a la Columna

En 1623 ejecuta el paso “El Descendimiento de Cristo Nuestro Señor de la Cruz”, paso de gran monumentalidad, con una composición en diagonal, muy barroca, con dos focos, el Cristo arriba en la cruz y la Virgen sentada abajo, en el otro extremo del paso, con los brazos en alto, rompiendo con la narración del Nuevo Testamento en función de una puesta en escena más emocional. El resto de esculturas están concebidas para enfatizar la diagonal Virgen-Cristo. Los detalles y el tratamiento de las telas son muy meticulosos y realistas.

El Descendimiento

El Descendimiento

El Descendimiento, detalle

El Descendimiento, detalle

Otra gran obra maestra suya es el relieve del Bautismo de Cristo realizado entre 1624 y 1628 para el retablo del Convento de Carmelitas Descalzos de Nuestra Señora del Consuelo en Valladolid y que hoy se conserva en el Museo Nacional de Escultura. El relieve adelanta al primer plano las figuras de San Juan Bautista y de Jesús, casi exentas, y las sitúa sobre un fondo sin ningún elementos innecesario que distraiga la escena. La obra sigue los postulados de la Contrarreforma, Jesús ya no ocupa el lugar central de la composición y está arrodillado con un gesto de humildad frente a San Juan. Los dos personajes tienen una pose contenida y elegante. Sus cuerpos son esbeltos. El naturalismo de la anatomía de las figuras es tan grande que se representan minuciosamente las venas debajo de la piel, los tendones y los resaltes musculares que son más mórbidos en la figura de Jesús y más tensionados en la de San Juan, al que se supone más nervioso. la talla de sus cabellos es prodigiosa, así como sus ropajes pesados y angulosos. El fondo representa muy esquemáticamente un paisaje con el rio Jordán en su parte inferior y una escena de la gloria del cielo, con Dios y el Espíritu Santo contemplando el bautismo rodeados de ángeles.

El Bautismo de Cristo

El Bautismo de Cristo

El Bautismo de Cristo, figura de Jesús

El Bautismo de Cristo, figura de Jesús

El Bautismo de Cristo, figura de San Juan

El Bautismo de Cristo, figura de San Juan

Entre 1624 y 1632 ejecuta el monumental Retablo Mayor de la Iglesia de San Miguel Arcángel de Vitoria, inspirado en el del Monasterio del Escorial y presidido por una de sus características y modélicas Purísimas. Todo el programa del retablo está basado en los ideales trentinos, con figuras de un estilo muy naturalista, con los gestos teatrales y ampulosos propios del barroco. Fernández ejecuta un detallismo minucioso, las barbas y cabellos esculpidos son excepcionales y las expresiones de los rostros consiguen transmitir sus sentimientos al espectador. La Inmaculada Concepción colocada en el centro del altar está considerada una de las mejores del escultor, y las esculturas de San pedro y san Miguel son dinámicas y llenas de expresividad. Finalmente, los relieves del retablo, algunos casi de bulto redondo, están inspirados en grabados y estampas de Durero, los Hermanos Wiericx o Cornelio Cort.

San Miguel de Vitoria

San Miguel de Vitoria

La figura de Santa Teresa encargada para el Convento del Carmen de Valladolid y hoy en el Museo Nacional de Escultura, se sabe que ya existía con certeza en el año 1625, aunque podría ser un poco anterior. Se trata de una de las muchas figuras que se tallaron de la santa a partir de su canonización en 1614. Nos muestra una mujer idealizada, con un rostro casi en éxtasis, nada que ver con la dura vida de la mujer viajera que tuvo que luchar intelectualmente contra las altas instituciones de la iglesia y cuadrar cuentas, pagos e ingresos de su institución. Las vestimentas están policromadas con una bella cenefa que convierte en lujoso el parco manto carmelita, olvidando las enseñanzas teresianas de pobreza y humildad. Dicho manto está dispuesto asimétricamente, colgando en la parte derecha y sujeto al hábito en la izquierda, recurso que dota de más movimiento a la escena. Es el momento de una revelación divina y Santa Teresa ha sido captada con una pose de inmensa sorpresa, mirando hacia arriba y como si fuera a caerle el libro de las manos. Dicho libro está magistralmente ejecutado, parece de verdad, y en él está escrito el nombre de su confesor, Pedro de Alcántara.

Santa Teresa

Santa Teresa

Otra obra maestra es el Cristo Yacente de la Iglesia de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús en Madrid, ahora expuesto en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, tallado entre 1625 y 1630. La figura es un hermoso desnudo, pulcramente cubierto con un paño, ejecutado con una policromía grisácea y mate, con el tono de piel propio de un muerto, manchado con la sangre seca que manaba de sus heridas, perfectamente representadas. La cabeza está ligeramente vuelta hacia la derecha, para facilitar la contemplación del rostro, de gran expresividad y patetismo, con la boca y los ojos inertes entreabiertos.

Cristo Yacente

Cristo Yacente, Casa Profesa

Cristo yacente, mano

Cristo yacente, mano

Su torso está levemente incorporado sobre unos almohadones, lo que hace que su brazo repose por debajo de su caja torácica, pudiendo verse así la herida del costado. La figura ofrece un magnífico perfil de desnudo masculino, acentuado porque el paño de pureza no cubre totalmente la cadera del hombre, dejando esa parte desnuda a la vista, algo que hubiera podido resultar problemático en la época y que las autoridades aceptaron gracias a la majestad y el realismo que desprende la imagen. Con esta obra el artista convirtió al desnudo humano en divino.

Cristo Yacente, rostro

Cristo Yacente, rostro

Cristo Yacente, herida

Cristo Yacente, herida

El Cristo de San Benito el real (1630), también en el Museo Nacional de Escultura, es uno de los mejores crucificados de Fernández. Se intenta transmitir la sensación de que la muerte acaba de producirse. El rostro de Cristo es el de una persona muerta después de un gran sufrimiento. La cara está afilada y amoratada y sus ojos están hundidos. El cuerpo está desplomado, aguantándose solo con los manos clavadas, por lo que los brazos están tensionados por el peso. La anatomía del personaje ya no es musculosa y rotunda como en otras obras similares del escultor, ahora su vientre aparece hundido, su tórax es delgado y sus piernas esbeltas. Las heridas están representadas con gran verismo y la sangre abundante resbala desde ellas por todo el cuerpo. Para acentuar el dramatismo, Fernández usó todo tipo de postizos que le daban más realismo a la obra, como ojos de cristal, dientes de marfil o uñas de asta de toro. El naturalismo es extremo en toda la figura excepto en su paño de pureza, que se representa como ondeando por el viento, se cree que Fernández quiso representar con dicho movimiento forzado la tempestad narrada en los Evangelios que se desató después de la muerte de Cristo.

Cristo de San benito

Cristo de San benito

Cristo de San Benito

Cristo de San Benito

Su trabajo más complejo fue el retablo de la Catedral Nueva de Plasencia, ejecutado entre 1625 y 1634 y considerado uno de los mejores de España. La magnitud del proyecto y los retrasos en las entregas de las piezas por parte de Fernández, provocados por la acumulación de encargos y el estado de salud del maestro, provocaron que el cabildo ordenara la modificación del proyecto, por temor a que no pudiera ejecutarlo, sustituyendo algunos conjuntos escultóricos por cuatro grandes lienzos, lo que hizo disminuir el trabajo de Fernández. Aún así, arquitectura, pintura y escultura están juntas en una consonancia magistral y la armonía y el equilibrio del retablo son insuperables. En esta obra los movimientos de las esculturas son bruscos y remiten a la iconografía de la Pasión de Cristo y en algunas partes del retablo rebasan el marco arquitectónico donde deberían estar enmarcadas. Fernández creo un espacio barroco muy complejo y totalmente impregnado de las ideas de la Contrarreforma, cuyo objetivo era destacar la importancia histórica de la Iglesia Católica.

Catedral Nueva de Plasencia

Catedral Nueva de Plasencia

Purísima de la Catedral Nueva de Plasencia

Purísima de la Catedral Nueva de Plasencia

Actualmente es imposible deslindar el trabajo de Gregorio Fernández del de sus escultores colaboradores en el taller. Aparte de ello, su influjo fue tan grande en los artistas, que actualmente hay mucha obras en las que es complicado descubrir su autoría original. Llegar a la conclusión de que una escultura es obra de Fernández es todo un acontecimiento tanto para el mundo del arte como para la institución que la alberga.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: